“La Segunda República Española. Una propuesta didáctica”

Ana Ortega Tenor
Ana Naranjo Sánchez
Ricardo M. Luque Revuelto
Cordinador: Rafael González Requena

El amplio y diverso movimiento memorialista, que hoy día constituye una seña de identidad de nuestra convivencia democrática, se ha ido forjando en el último cuarto de siglo en torno a la reivindicación de los derechos de las víctimas del franquismo: Verdad, Justicia y Reparación. En España además, estos principios universales de la lucha por la memoria están vinculados a la rememoración de la Segunda República, ya que fue este régimen democrático el que fue asaltado y destruido por el golpe de estado militar y la consiguiente guerra, y dado también que la inmensa mayoría de los represaliados por el franquismo lo fueron por su condición de republicanos.

Pues bien, de estos tres citados derechos, sólo el de la verdad se encuentra plenamente a nuestro alcance. El enjuiciamiento de los torturadores y verdugos del franquismo se ve impedido o muy dificultado por evidentes razones biológicas, a las que hay que sumar el propio ordenamiento legal salido de la Transición, y la cerrazón del poder judicial a la hora de aplicar en nuestro país la jurisprudencia internacional sobre crímenes contra la Humanidad y desapariciones forzadas. En cuanto a la reparación del inmenso sufrimiento causado por la dictadura no sólo a las víctimas directas, sino al conjunto de las clases populares, ya nos advierte el escritor piamontés y superviviente judío Primo Levi en su Trilogía de Auschwitz, de la imposibilidad de una reparación plena, de la banalidad última de todo intento de recomponer mediante recompensas materiales o morales la pérdida de vidas, de esperanzas y de la misma condición de seres humanos para toda una generación de vencidos. Creo que si Primo Levi hubiese sido un republicano español derrotado y encarcelado en alguno de los terribles campos de concentración que sembraron de miseria, hambre y muerte la geografía andaluza, hubiera expresado la misma idea que aplicó al exterminio nazi. ¿Cómo reparar las vidas arrebatadas, los largos años de desesperanza, de miedo cotidiano, de hambre y de exclusión social, los sueños destrozados de libertad y justicia, los duelos familiares que aun hoy siguen abiertos.? Toda reparación será siempre parcial, lo que no exime en absoluto al Estado y a la sociedad democrática de procurarla, hasta el límite de lo humanamente posible.

Pero nos queda la verdad, derecho no solo de las víctimas, sino del conjunto de la ciudadanía. El franquismo no solo trató de ocultar y enterrar en el olvido las prácticas sostenidas de violencia y represión sobre las que nació y se sustentó la dictadura, sino que construyó todo un relato basado en mitos ahistóricos que, a fuerza de repetirse, han calado profundamente en la memoria colectiva de la ciudadanía. Se trata de la memoria histórica antidemocrática, que ha ido modificando sus tesis iniciales por absolutamente insostenibles y delirantes (ya no se habla de cruzada de liberación, ni del inventado complot comunista para acabar con la república, por solo citar dos ejemplos) pero que conserva aún hoy su poso antidemocrático, que justifica o comprende el levantamiento contra la República, y no pasa jamás del reparto equidistante de responsabilidades, en el mejor de los casos.

Si tuviéramos que resumir las afirmaciones básicas sobre las que se sustenta ese relato mítico que aun hoy es socialmente mayoritario, obtendríamos cuatro ejes argumentales:

La Segunda República fue un régimen radical que conducía a la nación a la revolución social ¡y quién sabe si al comunismo ateo!, propiciando así la división entre las dos Españas que finalmente acabaron enfrentándose en una contienda fratricida.

La guerra civil no fue más que la consecuencia necesaria del estado social guerracivilista creado por el radicalismo republicano. La Unión Soviética ayudó a la República tanto o más que las potencias fascistas a los rebeldes, en su empeño de crear aquí un estado comunista títere de la Tercera Internacional dirigida por Stalin. La violencia se dio por igual en los dos bandos, y por tanto no puede hablarse de agresores y agredidos, ni de víctimas y victimarios.

La dictadura franquista ejerció cierta violencia en su inicio, pero siempre dentro de la nueva legalidad y como episodio colateral de lo que supuso un periodo de paz que finalmente llevó a España a las mieles del desarrollo, y creo las condiciones sociales de la futura democracia.

Por último, la Transición se desarrolló en condiciones ideales, y en ella franquistas y demócratas cedieron por igual, en un generoso y común empeño de superar el ciclo de violencia política en el que izquierdas y derechas habían participado en el pasado.

Si esta va a ser la interpretación que se establezca como hegemónica para las futuras generaciones de españoles y andaluces, habremos perdido posiblemente para siempre esa batalla de la Memoria, que, en afortunada expresión de Julio Aróstegui –al que seguimos recordando – llevamos librando en desigual lid desde hace décadas. Para construir y sobre todo para asentar socialmente un relato veraz y riguroso al mismo tiempo que comprometido con los valores democráticos, es necesario, en primer lugar, seguir investigando e historiando el periodo comprendido entre la Segunda República y la Transición, integrando la memoria oral, las evidencias materiales de la violencia y las fuentes archivísticas. En este camino ya se han dado muchos y definitivos pasos, gracias a la labor comprometida y muchas veces anónima de historiadores locales y provinciales, de testigos y de víctimas de la dictadura. Debido a esta gran obra coral en pro de la historia y de la memoria democrática, la falseada interpretación tardofranquista del periodo ya no se sostiene, y la acumulación articulada de datos, documentos, testimonios y síntesis explicativas pone en evidencia el carácter apologético de los publicistas que aun la mantienen.

Pero sucede que todos estos avances y enfoques, que vienen construyendo desde hace un cuarto de siglo el relato histórico que sustituye a los mitos heredados del franquismo, sigue circunscrito a un círculo de especialistas, colectivos sociales implicados en la lucha memorialista, y poco más. Para extender y consolidar la nueva historia –veraz, rigurosa, democrática- de la república, la guerra civil y el franquismo resulta indispensable que este relato penetre en las aulas donde se educan y forman los andaluces y andaluzas que constituirán la sociedad del futuro. No hay forma de ganar esa batalla de la memoria de la que nos hablaba el profesor Aróstegui que no pase por una revisión en profundidad del actual currículo obligatorio para ESO y Bachillerato, y, sobre todo que no implique un esfuerzo colectivo por elaborar materiales didácticos (unidades, recursos audiovisuales, bancos de actividades.) que ofrezcan a profesores y alumnos la posibilidad real de trabajar en clase el periodo histórico comprendido entre 1931 y 1978, que puede alargarse hasta 1982 si incluimos la lucha por la autonomía andaluza y el fallido golpe de estado que de algún modo cierra la Transición, incorporando los nuevos contenidos y las ricas aportaciones de la memorial oral.

Esto es precisamente lo que pretenden, y creo que en buena medida consiguen los profesores y profesoras que han realizado esta amplia unidad didáctica sobre la Segunda República Española, que viene a llenar un vacío en el campo de los materiales didácticos sobre tan crucial etapa de nuestro pasado reciente, y se ofrece al profesorado andaluz como un interesante banco de tareas y recursos gráficos y textuales. En ella se abordan los aspectos sustantivos y relevantes del periodo, combinando el hilo diacrónico con el enfoque temático que da sentido a la propuesta de actividades dirigida al alumnado de Secundaria. Así, se abordan a lo largo de más de 300 páginas desde los factores estructurales y de coyuntura que propician la llegada del nuevo régimen republicano hasta los procesos conspirativos que desembocaron en el golpe de estado y la subsiguiente guerra civil. Con un enfoque crítico y social, se analizan los apoyos, las tensiones sociales y sobre todo las resistencias de las élites, vinculando todo ello a las políticas de transformación y cambio que caracterizaron al régimen republicano, y a las contrarreformas del bienio conservador. No se olvida el controvertido papel de la jerarquía eclesiástica y de los medios de comunicación y de acción social a ella vinculados, que sin duda prefigura ya lo que será el decisivo apoyo que mayoritariamente presta a los sublevados primero, y a la causa franquista más tarde.

Desde la Dirección General de Memoria Democrática saludamos la aparición de esta unidad, que, junto con otros materiales didácticos ya existentes o en elaboración, conforma una oferta educativa atractiva y creciente, no solo para un mejor conocimiento escolar del periodo republicano, sino también para construir los valores de participación social, aprecio de las libertades y sentido de la justicia sobre los que se asienta la escuela pública.

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